By Chiara Cordelli and Aziz Huq

Texas’s new abortion law subjects women to heightened surveillance and the whims of private parties. If the US Supreme Court upholds the law, it will set back gender relations to an era that precedes the living memory of most Americans.

In 1984, the late US Supreme Court Justice Ruth Bader Ginsburg gave a lecture on why Roe v. Wade, the Court’s 1973 decision recognizing a constitutional right to abortion, was wrongly decided. The case, she explained, should never have been framed as a matter of privacy or reproductive choice alone: Abortion was at bottom a question of gender equality.

Thirty-seven years later, Texas is proving Ginsburg’s point with its draconian and potentially transformative abortion law. If the Supreme Court upholds the law – it just heard oral arguments on whether to permit two legal challenges to proceed – it will set back gender relations to an era that precedes the living memory of most Americans.

Créditos de la imagen: Salwan Georges

Traducido por Pilar Espitia

Hace poco tuvimos el placer de sentarnos a conversar virtualmente con Mansoor Adayfi, autor de “Don’t Forget Us Here: Lost and Found at Guantánamo” [“No se olviden de nosotros: De cómo me perdí y me encontré en Guantánamo”]. Mansoor es activista, ex-prisionero de Guantánamo y actualmente reside en Serbia. A la edad de tan solo dieciocho años, fue secuestrado en Afganistán y vendido al gobierno de los Estados Unidos. Retenido en Guantánamo por catorce años, fue torturado y despojado de sus derechos más básicos.

Hablamos con Mansoor sobre lo que le diría a la versión más joven de sí, si pudiera volver en el tiempo, sobre su vida en Serbia y su reciente graduación de la universidad. Como gestor de proyectos de la ONG llamada CAGE, Mansoor y sus antiguos compañeros de prisión, o sus “hermanos”, han publicado un plan de ocho puntos para instruir al Presidente Biden sobre cómo cerrar Guantánamo de forma apropiada. Alrededor del cuello, Mansoor portaba un pedazo de tela naranja para simbolizar su solidaridad con sus hermanos y explicó sus planes para defender el cierre de Guantánamo hasta que sus hermanos fueran libres. Mientras Mansoor hablaba con convicción y humor, llamando al silencio “la herramienta de los opresores”, poco a poco se volvió claro que su voz será un instrumento poderoso de la justicia en los años venideros.

Evaristo Sa/AFP via Getty Images

Por Andrés Velasco

Los latinoamericanos tenemos muchos talentos. Uno de ellos es la notable aptitud para gobernarnos mal, como lo ha puesto de manifiesto la pandemia. Seis de los 20 países con más muertes per cápita del mundo a causa del Covid-19 se encuentran en América Latina. Perú encabeza la lista y Brasil ocupa el octavo lugar.

Sin duda que la pobreza, la escasez de camas en los hospitales, y las hacinadas condiciones de vivienda, contribuyeron a la diseminación del virus, pero estos factores por sí solos no explican por qué la región lo ha hecho tan mal. Muchas naciones de Asia y de África padecen de los mismos problemas, pero sufrieron menos muertes per cápita. Incluso países que vacunaron a su población tempranamente, como Chile, –o que al principio de la pandemia parecían exitosos, como Uruguay– han terminado con un desempeño mediocre.


Photo Credit: Salwan Georges

We recently had the pleasure of sitting down virtually with Mansoor Adayfi, author of Don’t Forget Us Here: Lost and Found at Guantánamo. Mansoor is an activist and former Guantánamo detainee now residing in Serbia. At the age of only eighteen, he was kidnapped in Afghanistan and sold to the U.S. government. Held in Guantánamo for fourteen years, he was tortured and deprived of his basic human rights.

We talked with Mansoor about what he would go back and tell his younger self, his life in Serbia, and his recent college graduation. Now the Guantánamo Project Manager at the NGO CAGE, Mansoor and fellow former detainees, or “brothers,” have published an eight-point plan to instruct President Biden on how to properly close Guantánamo. Wearing a bright orange cloth around his neck out of solidarity for his brothers, Mansoor explained his plans to advocate for the closure of Guantánamo until they were free. As he spoke with conviction and humor, calling silence “a tool of the oppressors,” it became increasingly clear: Mansoor’s voice will be a powerful instrument of justice for years to come
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Image: Project Syndicate

By Jeffrey Frankel

Many aspects of cryptocurrencies are baffling, not least the success of a joke like Dogecoin. But El Salvador’s recent adoption of Bitcoin as legal tender alongside the US dollar is perhaps the strangest and potentially most worrying example of all.

El Salvador this month [September 2021] became the first country to adopt a cryptocurrency – in this case, Bitcoin – as legal tender. I say the first, because others might follow. But they should think twice, because the idea is highly dubious – and likely to be economically dangerous for developing countries in particular.

I will admit that I don’t understand the need for cryptocurrencies at all. Like many economists, I fail to see what problem they solve. They aren’t well designed to fulfill any of the classic functions of money – a unit of account, store of value, or means of payment – because their prices are so extraordinarily volatile. This volatility is not surprising, because cryptocurrencies are backed neither by reserves nor by the reputation of a well-established institution, such as a government or even a private bank or other trusted corporation.

Escrito por Alexia Rauen

Traducido por Pilar Espitia

El texto autobiográfico de Mansoor Adayfi publicado en 2021 Don’t Forget Us Here: Lost and Found at Guantánamo [No se olviden de nosotros: De cómo me perdí y me encontré en Guantánamo] transporta a los lectores a la bahía de Guantánamo en Cuba, a un mundo en el que niños y adultos son torturados de forma rutinaria por los Estados Unidos. La bahía de Guantánamo es una base naval en posesión de Estados Unidos desde 1903. Adayfi pasó su niñez en las montañas idílicas de Yemen1 con sueños de estudiar en los Emiratos Árabes Unidos.2 Cuando Adayfi tenía 18 años, viajó a Afganistán en un viaje de investigación para un importante jeque que le prometió una carta de recomendación para la universidad a cambio de su trabajo.3 En ese entonces, los Estados Unidos ofrecían recompensas por atrapar a combatientes talibanes y de Al-Qaeda; Adayfi fue capturado y vendido por caudillos que lo obligaron a decir que era un miembro de Al-Qaeda o que, sino, los estadounidenses lo matarían.4 A su vez, los estadounidenses capturaron a un muchacho yemení de 19 años y reinventaron la narrativa de quién era. Se convencieron de que era un general egipcio mayor (“incluso creían que [el general] se había hecho una cirugía plástica para verse jóven y diferente, supongo, para que se pareciera a mí”) y lo torturaron por años para obtener información que él de ningún modo podía poseer.5 

Image: Project Syndicate

By Jorge G. Castañeda

Since the first days of Joe Biden’s presidency, his administration has insisted that the growing number of migrants being apprehended at the US-Mexico border is not a “crisis,” but rather a normal, seasonal spike. US officials have even argued that the controversy was concocted entirely by former President Donald Trump and other Republicans.

While the Biden administration was not totally wrong about Trump, reality has since rebutted its claims. The situation on the border today is indeed a crisis, both for the United States and Mexico. As of late September, some 15,000 migrants and asylum seekers, most of them Haitian, are sheltering from the sun under the International Bridge in Del Rio, Texas. They have brought the migration issue roaring back to the fore.