Por Pilar Espitia

Como bien habrá notado, hay días en la vida que pueden pasar sin contratiempos; poco memorables que quedarán enterrados en su almohada, una vez llegue la noche y le entre el sueño. Pero habrá otros días mucho menos agraciados; días funestos que cambiarán su vida. Es con días como estos en los que reflexionamos sobre el acto de comenzar de nuevo.

By Pilar Espitia 

Hacia finales del siglo XVI y desde una mirada deseante del imperio español, Lima, o la Ciudad de los Reyes, era lo que podríamos considerar un modelo de la perfección católica. De acuerdo con la ideología promovida por la colonia, Lima era un jardín de virtudes donde se exhalaba el olor de santidad. A diferencia del virreinato de Nueva España, Lima se convirtió en una “máquina de santos”, [i] a la vez que en las afueras de la ciudad, se comenzaba una ardua campaña de extirpación de idolatrías. Sin embargo, el panorama era mucho más complejo y, en realidad, el virreinato del Perú, y Lima en particular, eran espacios multiétnicos y multiculturales.